Aprendiendo a leer

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Cuando somos pequeños nos enseñan a leer, primero en casa, y luego en el cole, por lo que podemos entender la palabra escrita de nuestra lengua, o lenguas, materna. Estamos capacitados, por tanto, para coger cualquier libro escrito o traducido a nuestro idioma, y entender lo que allí está expresado con caracteres y palabras. Pero eso no significa que sepamos leer de verdad, que estemos preparados para acercarnos a la literatura de cualquier creador, en primer lugar porque toda literatura que se precie de serlo está preñada de literariedad, esto es: es un lenguaje dentro de otro lenguaje, un lenguaje poético que no se acerca al habla urbana, y que tan solo se le parece.

Sin embargo muchas personas están más que dispuestas a comentar y dejar sus opiniones sobre casi cualquier texto, cuando está claro que muchos textos sobrepasan sus capacidades lectoras, y que al comentarlos (la mayoría de las veces negativamente) se retratan a sí mismos y a su ignorancia lectora. Pueden ser ingenieros de telecomunicaciones, actores, diseñadores gráficos o arquitectos, pero no saben leer. Porque aprender a leer, aprender de verdad, empiezo a sospechar que lleva toda una vida y que consiste en enriquecer e iluminar tu mente mucho más allá de sus capacidades iniciales, cuando eras un enano y te leías el Mortadelo o cualquier cosa parecida. Esto pasa también con el cine, con la música, y cualquier otra manifestación de las bellas artes, pero me temo que de forma mucho más acusada en literatura, aunque todavía no sé desentrañar por qué razón.

A menudo uno de los comentarios que se hacen de una novela que está gustando mucho es que se lee muy bien. O mejor dicho, que es muy fácil de leer, muy sencilla y accesible para todo el mundo. Y esto lo dicen como si fuera una virtud en sí misma, cuando generalmente es sinónimo de una literatura de muy baja calidad, o directamente de un producto que no es literatura. Hay excepciones, por supuesto (y en este punto siempre me acuerdo de ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann, que sorprende por la luminosidad y en cierto modo la sencillez de su prosa…que no es tal, pero que así asalta a los ojos), pero la literatura de altura es siempre exigente con el lector, y no solo conceptualmente, sino estéticamente hablando. El supremo displacer del que hablaba Harold Bloom (que pese a su soberbia tenía razón en bastantes cosas) de las grandes obras frente al cómodo placer de las obras menores o de productos que se dicen literatura, sin serlo. No es difícil su lectura porque sean obras muy complejas conceptualmente hablando (aunque a veces también) sino porque su lectura se hace difícil, y hemos de adiestrar nuestra mente a ella.

El año pasado me leí 76 libros, entre ensayos, poesía, teatro, cuentos y novelas. Puedo afirmar, sin que me tiemble el pulso, que no accedí al interior de ninguna de las más grandes. Acaso una pequeña parte. Pero voy a tener que volver a ellas, y voy a tener que volver pronto, incluso a ‘La montaña mágica’, si realmente quiero decir con propiedad que me he leído ese libro, que lo conozco. Este año llevo leídos cuarenta libros, entre ellos una única relectura, ‘Moby Dick’, que me temo voy a tener que volver a leer si en verdad quiero saber lo que tengo delante. Dijeron algunos sabios de la antigüedad que es una insensatez poseer una biblioteca de más de cien libros porque resulta improbable que puedas llegar a leerlos todos como realmente merecen. Y empiezo a creer que es verdad. Yo aspiro a hacerme con esa biblioteca, de cien o ciento cincuenta libros que releer e investigar a fondo, y acaso leer alguna cosa nueva por mera curiosidad o pasatiempo. En realidad toda persona mínimamente culta debería hacerse con esa biblioteca. Claro que tengo más de cien volúmenes en mi casa, pero es la única manera de saber qué es lo realmente importante, y así también te das cuenta de lo limitado que es el tiempo de una vida lectora.

Acabo de terminarme ‘Una fábula’, de Faulkner, una de las lecturas más exigentes y difíciles a las que se puede acceder. Comienza de manera muy sencilla, y poco a poco va adquiriendo una radical abstracción y complejidad, hasta un tercio final realmente difícil. ¿Conseguiré, dentro de cinco o diez años, en sucesivas relecturas, hacer más llevadero este tránsito? Yo lo comparo con la escalada, y con el sentimiento de legítimo orgullo e inefable clarividencia que resulta del hecho de haber escalado una montaña realmente alta y escarpada. Pero luego bajas y lees una novela divertida e ingeniosa, fácil de leer, una colina, y aunque agradeces no tener que exigirte tanto, echas de menos los riscos y los acantilados de esa otra montaña que tuviste que escalar anteriormente y que tanto te costó coronar. Pero como sobre Faulkner voy a dejar un artículo pronto, que será la segunda parte del que escribí sobre él el año pasado, puedo decir que por ejemplo una de las cimas a las que hay que escalar bien pertrechado es ‘La divina comedia’, de Dante, uno de esos libros que solicitan una lectura al año, por lo menos, para captar siquiera una pequeña parte de la belleza de sus páginas y de la sabiduría de su texto.

Recientemente acabo de confeccionar una lista con todas las obras maestras absolutas de la historia del cine (a ver cómo lo hago para dejar tal lista aquí, que consta de unos 160 títulos), por lo menos en mi opinión, y voy a tener que hacer lo mismo, dentro de unos años, cuando me haya leído los clásicos, toda la novela esencial del XX, el teatro más importante, la poesía más esencial, pero no para hacer una lista que poder publicar aquí, sino para tener esa biblioteca perfecta, de 100, 120 títulos, cuando tenga mis 75 u 80 años, y poder sumergirme en ella hasta el fin de mis días, aprendiendo a leer hasta que me quede un hálito de vida.

Plural: 11 comentarios en “Aprendiendo a leer”

  1. Bueno, tampoco te mortifiques, no toda la sabiduría está en los libros, de hecho a las ratas de biblioteca por algo las llamarán así, hay libros abstrusos de filosofía o literatura por ejemplo que no los soportan y los discuten otros de esos que tampoco hacen mas que elucubrar, normalmente con algún título de profesor para ganarse un sueldo, un lenguaje con unos códigos que tanto cuestan de comprender puede ser un rebuscado efecto de elitismo intelectual que a la larga resulte estéril y además siempre será absolutamente minoritario, a la gente que de verdad ha dejado huella en este mundo traidor se les entiende todo a las primeras de cambio, ser profundo y sencillo a la vez es cosa mas complicada de lo que a primera vista pueda parecer, es doblemente bueno y meritorio, refugiarse en palabros de crucigrama nunca es un técnica de fiar y la del sabio es saberse explicar a veces con tiza y pizarra para ayudar al que no sabe, jajaja

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  2. Es cierto lo que comentas, cuanto más estudias un tema más te das cuentas de las carencias que posees, y si no es así estás haciendo algo mal. No son pocas las veces que uno regresa sobre sus pasos y se percata de lo incompleta que era su idea sobre algo.

    Lo importante, desde mi punto de vista, es ser inconformista sobre nuestros conocimientos, someterlos a continua revisión, de esa escalada a la montaña tan gratificante.

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      1. ¡No te pases de inconformista! Todo en su justa medida y en su debida valoración. Tienes una labor de divulgación importante que ya es más que el 99,9% de la gente de este planeta.

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  3. Hola,

    Es cierto, Adrián, que para llegar a un nivel de comprensión de “experto” se necesita mucho tiempo de dedicación efectiva (10.000 horas, dicen) pero creo que hay muchas cosas que hacer en la vida y que realmente tiene que ser verdaderamente vocacional el dedicar esas miles de horas a algo en concreto. Yo entiendo que ese es tu caso con la literatura o las artes en general, o más bien es como muchas veces has escrito: no te queda más remedio porque lo llevas dentro.
    Mi filosofía es más de aprender un poco de muchas cosas y mucho sobre algo en concreto, pero sin obsesionarme. Vamos, el clásico maestro liendre, que de todo sabe y nada entiende :).

    Un saludo,

    Álex Elbal.

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