Fundamentos críticos ante una obra narrativa

I

La mayoría de las personas, puede que cuatro de cada cinco, leen una novela o un cuento, o ven una película, lo hacen por hacer cualquier cosa, por entretenerse, por estar a la moda o por matar el tiempo. Pasan ante ello, ante ese fenómeno con el que se topan o al que la sociedad de consumo les impele, como las vacas pastando ven pasar el tren… desde un punto de vista intelectual, aunque puede que desde un punto de vista emocional se vean impelidos por aquello que les cuentan o que es la base argumental de esa obra narrativa. Y es normal que así sea. Para ellos una película o un libro es algo del mismo valor que un programa de televisión y le piden lo mismo. Para otras personas, puede que una de cada cinco, ese fenómeno narrativo no es un divertimento sin más, sino que posee otros alicientes, intelectuales, filosóficos, estéticos o conceptuales. Son esos aficionados que se preguntan por qué los “expertos” o los “entendidos” puntúan con cinco estrellas a esa película tan aparentemente “rara” o a esa novela tan aparentemente “aburrida”. ¿Qué se están perdiendo? ¿Cuáles son los fundamentos teóricos y críticos a los que hay que atenerse para valorar adecuadamente una obra, si es que existen? ¿Son universales?

Más aún, se preguntan si esos valores estéticos o narrativos de las novelas o las películas son objetivables o si todo es más bien cuestión de gustos. Y sobre todo se preguntan, creo yo, cómo acercarse a una obra narrativa y con qué mimbres juzgarla, cómo separar el grano de la paja y luego poder argumentar por escrito esa selección. Y esa es una de las cuestiones más peliagudas que todo espectador o lector cualificado debe enfrentar, sobre todo si pretende escribir sobre ello y ganarse un nombre en el proceloso mundo de la crítica… o aunque sólo sea para saber elegir y no perder el tiempo con tonterías. Saber valorar y saber elegir se convierte, para un espectador/lector exigente, en una verdadera quimera en estos tiempos que corren en los que la oferta de títulos, en cualquier soporte, es abrumadora. Pero si tenemos que empezar por alguna parte es por diferenciar la reseña, la crítica y el análisis. Y también sería necesario diferenciar teoría, historia y crítica, me parece a mí.

Reseñas – Críticas – Análisis

La reseña es un comentario breve, de unas pocas líneas, en las que con rapidez y contundencia se valora la obra en cuestión. Un ejemplo sería lo que yo tengo en el Archivo de Mini Críticas que algún día, cuando tenga tiempo, seguiré completando.

Una crítica es un comentario extenso, de varios párrafos, en los que se pondera y se argumenta, si se puede, cuando se puede o se sabe, sobre los valores o los defectos de una obra literaria o cinematográfica, buscando percibirla en su globalidad pero también en sus partes. Un ejemplo sería también lo que yo hago en Cinema & Letras.

Y un análisis sería un texto más largo, como un ensayo monográfico sobre una obra en completo o una serie de obras, que puede abarcar varias o muchas páginas. Eso no es una crítica, sino un estudio en profundidad, como lo que he desarrollado yo en Francis Ford Coppola: Príncipe de las tinieblas.

Ahora bien, para llevar a cabo una crítica, corta o larga, e incluso para escribir un ensayo (dejemos fuera las sentencias tuiteras en las que se habla de un plano o de una secuencia en cuestión como si eso fuera un argumento, cuando en realidad no es más que una idea no desarrollada…) sería bueno disponer de una teoría sobre el cine o sobre la literatura. Y tener una teoría no significa tener presente la historia de la literatura o la historia del cine y aplicarlo al texto, es decir ser un estudioso o un erudito de la historia, sino disponer de unas bases teóricas en lo estético y en lo conceptual. Y para eso es muy importante la originalidad y la formación, alguna clase de formación, en narrativa en particular, y en arte en general. Algunas mentes privilegiadas no necesitan ninguna clase de formación (o eso creen ellas, en algunos casos), pero a la literatura o al cine se llega aprendido. No se puede simplemente pretender valorar, por ejemplo, ‘El Quijote’ sin haberse sumergido debidamente en literatura, y haber quedado allí en remojo durante unos cuantos años.

Pero al hilo de textos como ‘El Quijote’, es importante resaltar el hecho de que algunas obras están fuera de todo comentario crítico o analítico. En otras palabras, que hacer ahora mismo una crítica de ‘La divina comedia’ o de ‘El Quijote’ puede ser, y de hecho es, una verdadera impostura a menos que se tenga algo original que decir de ella, algo poderoso que decir de ella, y eso es muy complicado. Enseguida se percibe quién es el advenedizo que no pinta nada en esto de escribir un texto sobre una obra narrativa, y quién tiene fundamentos teóricos sobre poesía o narrativa. Es terrible y bastante patético encontrarse con individuos (yo me he encontrado con unos cuantos, para mi desgracia, e incluso he trabajado con ellos) que no poseen la menor formación ni la menor base teórica, y que se lanzan a escribir críticas sobre cine, por ejemplo, en medios bastante leídos, demostrando no sus gustos, sino sus carencias y su enorme ignorancia. Para hacer crítica literaria o cinematográfica es fundamental disponer de una teoría previa en la que sostenerse, unas ideas bien desarrolladas, originales y coherentes.

Rasgos esenciales a la hora de criticar

Y de coherencia hablamos. Uno de los rasgos más importantes a la hora de ponerse a construir un corpus crítico, siquiera a la hora de puntuar tres mil películas en filmaffinity, es la coherencia. Un crítico jamás va a poder comentar, ni siquiera puntuar, todas las películas de la historia del cine (por mucho que él quisiera o le gustaría), pero a la hora de puntuar o de comentar tres mil u ocho mil de ellas, sería deseable una cierta coherencia. No tiene ningún sentido puntuar con un 7 a ‘Predator’, por ejemplo, si vas a ponerle un 4 a ‘Titanic’, como no lo tiene darle un 3 a ‘Nostalghia’ de Tarkovski, si luego le vas a ponerle un 9 a ‘Gritos y susurros’ de Bergman. Y en el caso de tener algún mínimo de coherencia, vas a tener que argumentarla. Se trata de elegir bien el grupo de títulos que vas a defender, que vas a elegir como “los tuyos”, los que representan tu forma de entender el cine o la literatura. La incoherencia de fondo es un sinónimo de impostura, y muy probablemente de capricho.

Otra impostura es sin duda el prejuicio. Demasiados comentaristas o aspirantes a serlo se dejan llevar por prejuicios o por el hecho de que un escritor o director les caiga a ellos bien o mal. Así sólo se retratan a sí mismos, y pierden gran parte de la coherencia, o toda, que hayan podido acumular a la hora de comunicar a los demás cuál es el grupo de obras que pretenden defender y cuál es el tipo obras que no les parecen interesantes. A mí hay muchos directores o novelistas que me caen mal, como por ejemplo Orson Welles o Gonzalo Torrente Ballester, por muchas razones, y me tengo que rendir ante su genio.

Por último es indispensable que un crítico no tenga preferencias estilísticas. Para él todos los estilos valen lo mismo. No es el estilo el que importa (aunque sin estilo no hay arte, esto es indiscutible), sino a dónde se llega o se puede llegar con ese estilo determinado. Existe un sector de la crítica que venera la novela francesa o el cine francés, y aunque no sea francés que posea esos rasgos minimalistas, o documentalistas, o realistas, y no soportan otro tipo de narrativa, hasta el punto de mostrarse parternalistas o perdonavidas con ella. También hay sectores de la crítica o del público que se siente muy atraído por el cine de género duro, como la ciencia ficción o el terror, y no soporta un cine más “intimista” o “artístico”. No faltan los que tienen animadversión al cine chino, o al cine estadounidense, o a la literatura española, por ejemplo, por razones inexplicables, y tienen verdaderos problemas para valorarlas. Esas personas no sirven para escribir crítica. Están incapacitados para ello casi en su metabolismo.

Un crítico que se precie no tiene preferencias ideológicas o estilísticas de ninguna clase. No tiene una idea preconcebida de cómo han de ser las cosas, ni busca en aquello a lo que se enfrenta lo que él cree que debería tener. Se limita a mirar, a ver lo que hay, de forma neutra, y a que la obra le diga dónde situarla, ya sea francesa, española, china o estadounidense, de gran presupuesto o de cine “experimental” (qué expresión tan equívoca…). Es un forense que ha visto miles de obras y que está capacitado para decirte lo que hay en el interior de ellas y por qué. Si un crítico o comentarista o analista de cine o de literatura cree, esta convencido de, que la narrativa es un cuadrado, difícilmente va conseguir encajar ahí otras formas de narrativa que podrían ser triángulos, estrellas o círculos, por seguir con la metáfora. Un analista de cine serio no se deja cegar por lo que él cree que tiene que ser, sino que observa cómo son las cosas.

Esa cosa llamada narrativa

La Narrativa, de forma estricta, es un género literario conformado por el relato y la novela, corta o no. Pero la narrativa, como fenómeno humano, es mucho más amplia, más antigua, más compleja, más esquiva y en general más sencilla: es una forma elevada de comunicación. Otros dirían que simplemente es todo lo que tenga que ver con contar una historia, o con inventarse una historia, lo cual por supuesto también tiene gran parte de verdad. Pero nosotros, aquí, vamos a intentar entenderla como concepto, como suceso de la inteligencia y la sensibilidad humanas, y a la hora de ejercer la crítica, de valorar una obra narrativa, vamos a abrazar esa forma estricta de Narrativa a la que nos referíamos antes: un género literario, un relato. Si ese género se cuenta con imágenes, puede ser un cómic, o una película, simplemente, con sus reglas, y con sus propias limitaciones, como es natural.

La Narrativa se define, en primer lugar, por poseer un narrador, tanto en literatura como en cine. Ese narrador, claro, puede ser omnisciente, puede estar velado tras las palabras o las imágenes, o puede estar muy presente en la narración e incluso dejarse ver. Pero no hay Narrativa sin narrador. No hay que confundir al escritor o novelista con el narrador.

Todo esto pueden parecer obviedades pero no lo son. Viendo cómo está el panorama, desde luego no lo son.

En segundo lugar, en la narrativa hay personajes. De igual forma que no hay arte sin estilo, no hay narrativa sin personajes. Una narración cuenta algo de alguien, de forma obligada. No es un canto, ni un soneto, ni un reportaje, ni una canción al viento. Es posible que el personaje o los personajes sean también el mismo narrador o narradores.

En tercer y último lugar, una narración está contada en un espacio y un tiempo determinados. Un tiempo y un espacio narrativos. El concepto de tiempo, sobre todo, es crucial en la Narrativa, porque el tiempo, es decir la causa y efecto, es lo que convierte a la narración en algo verdadero, en una segunda realidad para el lector/espectador.

Hay más elementos, por supuesto, y algunos bastante importantes (como iremos viendo), pero estos son los tres cruciales, y son tres elementos ante los que el 95% de los críticos-comentaristas-analistas no se detienen prácticamente nunca, para sorpresa de los que nos tomamos este tema en serio. Centrarse, en un comentario de una película, en la conformación de un plano, o en un libro en una frase determinada de un párrafo, sería como hablar de determinado arpegio en una sinfonía, que a su vez encaja con una voz del coro de otro fragmento de la obra. Un sinsentido total, centrarse en un árbol que nos impide ver el bosque.

Valga todo esto de muy somera introducción a los fundamentos críticos ante una obra narrativa. Iré profundizando mucho más en sucesivas partes (que espero que no sean más de tres o cuatro… pero todavía no lo tengo claro), con las que espero explicar (y explicarme a mí mismo por escrito de una vez), cuáles son mis métodos de análisis y crítica, que en ningún caso están basados en un gusto, en un capricho o en una filia o fobia personal, sino en bases teóricas y estéticas bien consolidadas. Yo creo que va a valer la pena el viaje.

II

Hemos hablado de Narrador, Personajes, Tiempo y Espacio narrativos. También de coherencia, de ausencia de prejuicios y de la necesidad de carecer de preferencias estilísticas o ideológicas. Todo eso era para abrir boca, porque es obvio que es necesario fijar unas cuantas cosas más, sobre todo si queremos tener herramientas para valorar una obra cinematográfica o una obra literaria, cada una con sus valores o limitaciones (en caso de que en verdad existan), con sus ligeras concomitancias, que por supuesto las tienen, y con una amplitud de mirada que nos permita, de verdad, separar el grano de la paja. Pero antes de eso convendría establecer el punto cardinal con el que debería comenzar todo crítico o analista, o al menos todo aspirante a intentar desentrañar, a modo de forense, de qué está hecha una obra narrativa.

Situarse en el lugar del autor

Wilde lo calificó como escuchar la voz que inspiró al artista y Poe como la intención, y a tal efecto recomiendo encarecidamente al lector de estas líneas que se haga con ‘El crítico como artista’, del primero de los citados, y con ‘Filosofía de la composición’ y ‘El principio poético’ del segundo. Esto a su vez nos llevará al siguiente punto cardinal que quiero comentar aquí, pero por el momento señalar la extrema necesidad que tiene todo lector/espectador que quiera ser cualificado y algo más que un simple receptor sin capacidad crítica de situarse en el lugar, en los zapatos del autor de la obra literaria o del director de la obra cinematográfica, algo que por cierto casi nadie hace, y si lo hace desde luego no parece que lo haga. Es imprescindible entender cuáles son los resortes anímicos y psicológicos que han llevado al autor a escribir o a filmar esa pieza, y no otra, y a hacerlo de esa manera, y no de cualquier otra de las miles con las que podría haberlo hecho. Esa es la clave, pero volveremos a ello pronto, porque hay que fijar el segundo punto cardinal:

Preguntarse el “para qué” de una obra

Algo que, sospechosamente, casi nadie se pregunta nunca. Preguntarse el “para qué”, es encontrar la razón de ser de una novela, de un cuento, o de una película. Su motivo, su esencia. Y si conseguimos llegar a ese para qué tendremos mucho trabajo hecho, porque de ese “para qué” depende en gran medida la estrategia narrativa seguida por el escritor o cineasta, y es que muchos escritores o cineastas, muchos narradores, no escriben ni filman para nada de particular, simplemente para divertir a su público, y eso ya es un para qué. Los más grandes narradores, por supuesto, narran para algo, no dejan nada al azar, y el conjunto de su obra está construido en la búsqueda de expresar o de capturar algo muy concreto. Muchos críticos o aspirantes a serlo, muchos comentaristas, muchos interesados por los resortes narrativos, no prestan atención a ese algo, y eso se refleja en lo romo y trivial de sus comentarios o ideas sobre cine o literatura.

Bien, y ahora que más o menos sabemos de qué está hecha básicamente una obra narrativa (narrador, personajes, tiempo y espacio narrativo), ahora que hemos establecido la necesidad de conocer al autor y los resortes que le mueven, así como la necesidad de encontrar el para qué de la obra, profundicemos tanto en literatura como en cine:

Valores narrativos, literarios y cinematográficos

Si bien novelas, cuentos y películas comparten narrador, personajes y tiempo y espacio narrativos, se diferencian en bastantes cosas, porque para escribir una novela o un cuento (que a su vez también se diferencian en muchas más cosas que en la extensión) se necesitan, obviamente, de materiales y de herramientas y técnicas muy distintas que para filmar una película, y aunque algunos conceptos se parezcan, se construyen, se fabrican narrativamente de manera bien distinta y con sensibilidades muy dispares. Ahora bien, comparten unos cuantos conceptos esenciales a los que debemos atenernos y que resultan imprescindibles de valorar:

Diálogos, estructura, fuerza expresiva, creación de personajes, creación de atmósferas, pertinencia del narrador, tiempos y espacios narrativos, tempo, ritmo, musicalidad, elipsis.

Esto tanto en narrativa fílmica como en narrativa literaria. Pero la esencia es la escritura, tanto en una como en otra. Y esto no significa que vayamos a valorar en su globalidad a una novela o una película por lo bien escrita que esté (en palabras o en imágenes), y tampoco porque su escritura concuerde con una idea preconcebida de novela o de película (como hace tanto comentarista o tuitero en estos días). Esto, lo que quiere decir en realidad, es que la esencia de la narrativa literaria es la prosa y la esencia de la narrativa cinematográfica es la puesta en escena. La prosa y la puesta en escena son el estilo del autor, su firma artística, por llamarla de alguna manera, y de ello se valen para construir al narrador, a los personajes y al tiempo y espacio narrativos, así de sencillo. Si el escritor o el cineasta es capaz de crear con su prosa unos personajes, una pertinencia del narrador y un tiempo y un espacio muy determinados, veremos cuál es la riqueza de todo eso, cómo los conjuga, cuáles son los resortes que le han llevado a organizar todo eso y finalmente para qué lo está haciendo, cual es su objetivo final

Y si no es capaz de conjugarlos, de crear con ellos una sinfonía de tiempos, espacios, personajes y narrador, si con todo ello crea solamente una brillante caligrafía (léase Hitchcock o Spielberg en cine, Hemingway o Borges en literatura), es imposible situarlos en el mismo sitio que otros que sí que pueden o sí que quieren o sí que saben qué hacer con todo ello. Pero para entender a fondo de qué estoy hablando, merece la pena entrar en la especificidad de cada soporte narrativo, y así detallar cómo se pueden valorar sus elementos:

En literatura

La prosa en narrativa ha de ser funcional, sobre todo. Es decir, debe ser un medio, no un fin. Ahora bien, dentro de este aspecto hay escritores con una prosa sensacional y otros con una bastante más pétrea. Un ejemplo de prosa sublime sería la de Faulkner, porque su vocación era inicialmente la de ser poeta, y por ello introduce en sus novelas una prosa lírica casi insuperable que sigue siendo funcional, es decir, no es el fin, sino un medio para conseguir crear un narrador, unos personajes y un tiempo y un espacio narrativos. Un escritor pétreo que consigue grandes cosas podría ser Thomas Harris en ‘El silencio de los inocentes’ (de lejos su mejor novela), porque a pesar de no poseer el menor lirismo ni poética de ninguna clase, con esa escritura suya consigue exactamente lo que necesita para su historia.

Los diálogos en una novela o un cuento se parecen en el aspecto musical a los del cine, pero en literatura el escritor tiene un poco más de libertad porque no tiene imágenes en las que apoyarse. Los diálogos literarios de calidad, en novela o cuento, suelen ser bastante más extensos que los del cine. Se debe valorar la belleza y funcionalidad de los diálogos en sí mismos, pero también como un medio, no como un fin, del escritor y de la propia novela. Y para lograr unos buenos diálogos es imprescindible tener buen oído. Para el lector han de quedar naturales y realistas, así se esté hablando de dragones o de cyborgs, porque los que los declaman son los personajes, y pocas cosas en literatura ayudan al dibujo de los personajes que los diálogos.

Muchos escritores, incluso algunos muy buenos, escriben diálogos muy parecidos para todos sus personajes. Cuando conseguimos un novelista capaz de diferenciar la forma de hablar de cada personaje, tenemos ahí un gran escritor. Un ejemplo sublime de esto es ‘La montaña mágica’, con los apasionantes diálogos entre Settembrini y Naphta, muy literarios en el sentido estricto de la palabra, pero también muy vivos y naturales. Además de con los diálogos, el novelista o cuentista dibuja más a los personajes por lo que hacen y por cómo lo hacen y por las decisiones que toman, que por su descripción física (lo mismo sucede con la creación de atmósferas). De hecho, los mejores escritores apenas describen a sus personajes físicamente como apenas describen todo lo demás (tampoco un escenario dramático). Un buen personaje, un buen carácter, además, es algo muy raro de encontrar. Ha de poseer peculiaridades acentuadas, por supuesto, pero también ha de ser universal. La belleza del personaje, sobre todo, radica en lo que el escritor quiere contar a través de él, así sea una persona despreciable o mezquina, o incluso un asesino en serie.

El concepto de narrador, por supuesto, es casi un personaje más. Muchos confunden al narrador con el escritor, pero el escritor dispondrá de diversos narradores, por lo menos uno para cada novela o cuento, la mayoría de las veces anónimo o sutil, pero otras muy presente y hasta corpóreo, que se definirá por el punto de vista de aquello que cuenta, y por elegir qué contarnos y qué ocultarnos (la elipsis). El narrador es tan crucial, que la misma historia contada por otro al que se ha elegido, el narrador casi siempre omnisciente y omnipresente, contará cosas distintas y con un tono, un tempo y un ritmo distintos.

Y ahí entramos en el último concepto a valorar: el punto de vista, que puede ser el del narrador omnisciente que sobrevuela toda la acción, o de un personaje o personajes muy determinados. El modo en que el escritor maneja, alterna y acompasa estos puntos de vista es fundamental, ya con ellos crea los tiempos y los espacios narrativos ya aludidos desde un principio y que han de ser contemplados y valorados: ¿cómo crea el autor esos tiempos y espacios? ¿Con qué herramientas? ¿Mantiene el punto de vista, o engaña al lector? ¿Sabe combinarlos? ¿Es capaz de crear una construcción narrativa con todo esto?

En cine

La puesta en escena, al contrario que en novela, no ha de ser necesariamente funcional, y cuando es elevada o lírica es mejor que cuando es simplemente bella o hermosa. Lo caligráfico, en cine, es aún más resbaladizo que en literatura, y muy pocos han dominado una puesta en escena bella o lírica que no fuese un fin en sí mismo. El cine, por su misma razón de ser, muchas veces puede ser más arriesgado que la literatura, ya que opera con realidades (imágenes y sonidos) y no con una tecnología como el lenguaje que evoca imágenes y sonidos y se construye en una literariedad. La puesta en escena es precisamente el aspecto que todavía no ha alcanzado su plenitud en cine, ya que muchos directores emplean exactamente la misma para contar historia diferentes con tonalidades y objetivos diferentes.

La creación de personajes la comparte el director con los actores. Los actores son los instrumentos y el director el que toca la partitura (esto es la dirección de actores). De nuevo, se impone la funcionalidad: no es necesario que todos los actores sean excelsos, sino que cumplan su cometido. En realidad, basta conque la mayoría de ellos no sean malos y conozcan lo que tienen que hacer, marcados por el director. Sin embargo, dependiendo del personaje, en muchas ocasiones son necesarios actores de gran categoría. ¿Cómo distinguir una buena interpretación de una mediocre o incluso mala, o un actor o actriz sublimes de uno afectado o que no es tan brillante como parece? Aquí, de nuevo, no hay subjetividad posible, y merece la pena detenerse en este asepcto para puntualizar varias cosas:

  1. Actor o actriz es aquel que se transforma en un personaje, no solamente física, sobre todo psicológicamente.
  2. No se actúa como en teatro, de hecho no se actúa en absoluto, ha de vivirse la secuencia como una realidad.
  3. Un montaje malo o inadecuado puede estropear la mejor de las interpretaciones.
  4. El personaje ha de estar tan vivo como una persona real, no caben clichés, ni repeticiones, ni lugares comunes de ninguna clase.

Otros aspectos cinematográficos como la fotografía, el diseño de producción, la música, el montaje… son importantes y deben ser reseñados, incluso de forma individual, pero todos ellos son el medio para un fin. Todos los departamentos de una película, del primero al último, han de estar perfectamente coordinados para confluir en un mismo destino (y esto es responsabilidad directa del realizador). Si esto no se consigue, o hay algún aspecto que no concuerde con el resto, ha de notarse y valorarse, en detrimento de la globalidad de la obra cinematográfica. Por ejemplo en ‘Schindler’s List’, por cierto una película muy ambiciosa, la fotografía de Janusz Kaminski es superlativa, pero se advierte casi un exhibicionismo en ella, como si fuera un fin en sí misma. Alcanza el grado de esteticismo en una película que por cuyo tema debería haber sido mucho más despojada y austera, de forma casi obligatoria.

Otros conceptos como el del narrador y punto de vista se aplican también aquí, de manera muy parecida a como se hace en literatura.

Coda: inteligencia y emoción

Para terminar con esta parte, y antes de empezar con los ejemplos, es importante declarar que bajo mi punto de vista gente como jesús G. Maestro, en lo tocante en literatura pero en general en toda la narrativa, se equivoca en que una narración sea sólo un desafío a la inteligencia. El arte narrativo apela a las emociones de la misma manera que apela a la inteligencia. En otras palabras: tiene que importante lo que te cuentan. La narrativa ha de ser ante todo humana y humanista. Y con esto no quiero decir que se valore una película o una novela en cuanto a lo que te haga sentir, ni muchísimo menos, sino a que la narrativa ha de conmoverte, ha de dañarte. Si, tal como dice el mismo Maestro, la literatura es ante todo venenosa, tóxica, y se abre camino hacia la libertad, es porque ese es el objetivo de toda obra de arte que se precie de serlo: hablar sobre cosas verdaderas, a veces terribles pero necesarias.

Porque, y ya terminamos con esto, es crucial valorar el estado anímico en que nos deja una narración. Ese es el para qué. Una buena narración no da soluciones, sino que nos plantea problemas intelectuales y emocionales. Y los buenos narradores lo saben perfectamente.

III Ejemplo cinematográfico

Tras invitar a profundizar en temas tan trascendentales como el “para qué” de una obra narrativa, las intenciones y los resortes iniciales que llevan a un autor a afrontar un material narrativo determinado, de una manera determinada, y no otro material y de otra manera; tras comentar, al menos por encima, conceptos tan importantes (aunque en lo global secundarios), como los diálogos, la estructura, la fuerza expresiva, la creación de personajes y de atmósferas, la pertinencia y rigor de la figura del narrador, los tiempos y espacios narrativos, el tempo, el ritmo, la musicalidad, la elipsis narrativa… todos ellos supeditados (al igual que la prosa, o la fotografía, o el montaje) a la dirección o la intención final de la película o la novela, y el estado de ánimo y la idea esencial que el autor quiere inocular al lector/espectador, después de todo eso creo que es necesario poner dos ejemplos (uno cinematográfico y otro literario) para aplicar estos conceptos que intento desarrollar, y así poder ver más claro a qué atenerse cuando decidimos valorar de forma objetiva, y no viciada por gustos o fobias personales, una obra narrativa en su totalidad y en sus partes.

Porque a veces hay que preguntarse, muy seriamente, qué valoran, qué ponderan y analizan, tantos comentaristas, críticos (cualificados o no), especialistas, tuiteros, blogueros, aficionados al cine y a la literatura en su vertiente más narrativa (novela, relato corto o largo) que abundan por ahí, cuando se deciden a escribir y a persuadir a otros de que sus gustos y opiniones merecen escucharse o leerse, algunos de ellos después de haber visto literalmente miles de películas o de haber leído cientos de novelas y relatos, y te comentan que aquel título se merece cinco estrellas, o diez puntos, o aquel título de más allá se queda con un cuatro raspado o quizá podría quedarse en un uno. Particularmente, el autor de estas líneas no encuentra una coherencia de base, una teoría o visión de la narrativa original y personal, y por tanto argumentable y defendible, en casi ninguno de ellos… más bien una colección de ocurrencias, una amalgama de aprendizajes y lugares comunes, de apropiación de ideas caducas mezclada con algo de audacia en la selección de los materiales. Mi objetivo es aportar otra cosa, pues el lector u oyente de críticas o comentarios se merece otra cosa, algo más manejable con lo que poder, a su vez, construir su propia teoría y ser capaz de desarrollar una visión crítica de las obras narrativas.

Para ello vamos a establecer una comparativa (esencial en crítica, como luego veremos), entre dos películas: ‘Alien’ (1979), de Ridley Scott, y ‘The Thing’ (1982) de John Carpenter. Dos filmes bastante similares en su temática y en su construcción, que finalmente no pueden ser más opuestos en intenciones, ejecución y resultados.

Alien (1979)
The Thing (1982)

Se trata de dos películas famosas, sobre todo la primera, que fue la que consagró internacionalmente a Ridley Scott y la que se convirtió en todo un icono del cine de terror. Menos se conoce la segunda salvo por los aficionados al género, para los que es un verdadero tótem. Dado que son dos películas de argumento similar, y de estructura no demasiado diferente, merece la pena valorarlas con las herramientas y los conceptos que hasta ahora he desarrollado en este ensayo.

Ambas cuentan la historia de un grupo de personas enfrentadas a una criatura alienígena que poco a poco va a ir mermando su número y convirtiéndose en una verdadera amenaza para la humanidad. Una transcurre en una nave espacial que va camino de la Tierra, y la otra en una estación científica, en la Antártida, es decir dos lugares remotos y aislados, en los que no cabe posibilidad de huida. En ambas se nos dibuja a un grupo de compañeros, mejor o peor avenidos, que deberán enfrentarse a un horror absoluto y plantarle cara en la medida de sus posibilidades, compañeros encerrados en una estructura (estación científica o nave espacial) en la que puede asomar la muerte y lo espeluznante en cada esquina. Ahí acaban las semejanzas entre ambos títulos, y es imposible imaginar a Carpenter filmando ‘Alien’ y a Scott filmando ‘The Thing’, porque al final los cineastas acaban marcando su propio camino, para bien o para mal, y no existe el azar. Bajo mi punto de vista, que ahora argumentaré, ‘Alien’ es una excelente película de terror, con algunos momentos realmente excelentes, pero ‘The Thing’ es una obra maestra rotunda, superlativa. Y esto no es cuestión de gustos.

Empecemos por el para qué, ese ponerse en el lugar del director al que aludía yo en el capítulo anterior: ¿por qué decide Scott hacer ‘Alien’ y por qué decide Carpenter hacer ‘The Thing’? Algunos dirían “para dar miedo al espectador”. Vamos a intentar ir un poco más allá, si no es inconveniente, porque por suerte podemos ver la trayectoria, ya larga, de uno y otro director. En el caso de Scott, parece muy influido por Stanley Kubrick y su ‘2001, A Space Odyssey’. Se percibe un regusto esteticista en el montaje y sobre todo en la fotografía. En otras palabras, quiere hacer terror, pero quiere además hacer cine ambicioso, artístico, por llamarlo de alguna manera. La dirección artística, en algunas partes, es ostentosa, casi barroca en su ostentación. Las imágenes de la nave alienígena, el diseño del monstruo, son casi góticos. Poco importa que estemos en el espacio, perfectamente podría habernos situado en un castillo medieval. La Sci-Fi parece aquí una mera excusa. Y se apoya enormemente en una fotografía (firmada por Derek Vanlint) magnífica, plena de claroscuros, de reflejos, de luces parpadeantes.

Vayamos a Carpenter, rendido admirador de las películas de Howard Hawks, y que encontró aquí la posibilidad de hacer otro western, otra historia de un grupo de caracteres amenazados por un peligro exterior como podría serlo ‘El Dorado’ (1966) o ‘Río Bravo’ (1959), con el aliciente de que el proyecto era un remake de ‘The Thing from Another World’ (1951), dirigida sin acreditar por el propio Hawks. Lo que se percibe, viendo el filme de Carpenter, es que quiere dar miedo en algunos momentos (¡y desde luego consigue aterrorizarnos!), pero sobre todo lo que quiere es escribir un relato sobre la paranoia y sobre la dificultad de confiar en el otro. Ya que su criatura es capaz de copiar a la perfección a cualquier persona, nunca sabremos realmente quién está infectado en cada momento ni en quien confiar. Y todo esto lo narra Carpenter de manera mucho más austera que Scott, con una fotografía también magnífica del gran Dean Cundey que sin embargo no llama la atención sobre sí misma, sino que está subordinada (es un medio, no un fin) a aquello que se está contando, y lo mismo sucede con su montaje y con su diseño de producción, esos elementos “menores” pero fundamentales para llevar a buen término un filme.

¿Y el tiempo y espacio narrativos? Scott es un maestro en el espacio como forma esteticista, pero no se percibe que se introduzca en la mente y el ánimo de sus personajes para crear tiempos narrativos definidos, ni mucho menos contraponiendo o fundiendo dos o más entre sí, como sí hace Carpenter, que narrativamente es mucho más interesante pues concede a cada personaje su tiempo y su narrativos, y los va alternando y combinando entre sí para crear un trenzado de caracteres que es pura narrativa.

Pasemos al tono, al ritmo y a la atmósfera, y terminemos en la dirección de actores. Tono, ritmo y atmósfera se alcanzan con la estrategia narrativa de la puesta en escena. ¿Cuáles son los de ‘Alien’? Los de una pesadilla gótica, con un tono de frío horror (brillantemente intensificado por los elementos de Sci-Fi como los pasillos, las habitaciones, las luces, los claroscuros, la música de Goldsmith), de infierno sin salida, en el que los personajes, bastante prototípicos se limitan a poco más que huir o morir. ¿Cuáles son los de ‘The Thing’? Los de una aventura, un survival, al límite, en el que el horror se alterna con la tensión y la angustia, y en el que la gelidez del exterior no impide una poderosa vehemencia y una candente lucha por sobrevivir de sus personajes. Scott es un genio en la atmósfera (en realidad, es su gran virtud), pero Carpenter no se queda atrás con su uso inquietante y magistral de la steadicam por ese pasillo que es casi un leit-motiv en sí mismo, con ese realismo exacerbado, doloroso, en el que se inserta de manera totalmente convincente un elemento tan improbable como un alienígena casi invencible, con el empleo de la imponente música de Morricone. Con estos mimbres, ¿cómo dirigen Scott y Carpenter a sus actores y cómo crean sus personajes? A Scott no parecen importarles mucho. Su dirección es tremendamente efectiva, pero desapasionada. Sus personajes son arquetipos, no seres de carne y hueso, pero cuenta con actores tan buenos como Sigourney Weaver, Tom Skerrit o Ian Holme. Carpenter crea personajes mucho más interesantes, y sobre todo una relación entre ellos mucho más rica, mucho más palpitante, en la que cada mirada, cada frase, es un doble sentido, y en el que las decisiones y motivos de cada uno están perfectamente definidos.

Para terminar, ¿cómo concluyen? ¿Qué poso deja en el espectador? Por mucho que ‘Alien’ sea una masacre en la que muere toda la tripulación menos una, Ripley (a la que Sigourney Weaver pudo dotar de mucha más entidad en la segunda parte), la sensación que tenemos es la de victoria. Pírrica, pero victoria. El alienígena ha sido vencido y expulsado de la nave y Ripley, y nosotros, podemos descansar por fin. ‘The Thing’ es muy diferente. Las muertes de los compañeros son mucho más espantosas y al final tenemos la sensación de que la criatura no ha sido vencida, y de que la pesadilla no terminará nunca. La paranoia ha salido de la pantalla y se ha instalado en el espectador. Es el final más pesimista y sombrío posible, y por eso no es de extrañar que ‘Alien’ fuera un enorme éxito y que Scott aún siga trabajando en su errática carrera, mientras que ‘The Thing’ fue casi un fracaso y Carpenter hace muchos años que no trabaja y parece difícil que vuelva a hacerlo. Al final, Scott hizo una buena película de terror para impresionar al espectador y conseguir un gran éxito, mientras que Carpenter hizo una obra maestra del cine, para hablar sobre la condición humana y poner en un aprieto al espectador.

Si en una obra narrativa, el narrador, los personajes, el tiempo y el espacio narrativos, son tan ricos e interesantes como en ‘The Thing’, además de un final devastador e inolvidable, tenemos una obra maestra. Si tenemos una construcción tensa y terrorífica, con algunos momentos culminantes y una tensión muy lograda, pero con personajes un poco acartonados y unos tiempos narrativos escasos o toscos, como en ‘Alien’, además de un happy ending, por muy bien hecho que esté, tenemos una buena película. Luego los gustos de cada cual son cosa suya, pero en narrativa algunas cosas son inapelables.

IV

Después de haber publicado el ejemplo cinematográfico con el que contextualizar mi tesis, y antes de seguir con el ejemplo literario, del que me está costando decidirme qué dos títulos contraponer para que quede claro aquello que intento decir, convendría quizá detenerse un poco en todo aquello que he ido comentando acerca de la narrativa y narratología en general, de los tres grandes elementos que la conforman (narrador, personajes, tiempos y espacios narrativos), y del estilo que hace a estos elementos posibles (la prosa en literatura, la puesta en escena en cine) y que en definitiva da cohesión y forma a la obra final, por aquello de que no está de más insistir, y quizá de tanto insistir encontrar nuevos caminos de expresión con los que al potencial lector de estas líneas no le quede la más mínima duda de a qué me refiero con valores estético-narrativos y a qué se aplican esos valores.

Y es que sigo preguntándome qué diablos se valora, se comenta, se aprecia y se considera en la crítica cinematográfica y literaria, por lo general, más allá de la historia o argumento de esa novela, ese relato, esa serie o esa película, porque al final lo que queda, casi siempre que leemos o que escuchamos a alguien que se dice crítico o crítica, cinematográfico o literario, son elementos de esa historia, de ese argumento, pero no de su pertinencia, de su profundidad, de su pericia, de su alcance narrativos. Y es cierto que hasta ahora no hemos hablado de que en efecto existen historias más interesantes que otras, pero que incluso la historia más aparentemente anodina puede resultar en una obra notable siempre que su narrativa sea apropiada, y la historia a priori más interesante del mundo puede terminar desembocando en una película o novela totalmente anodina, cuando no torpe o directamente deleznable, precisamente por la narrativa desplegada en ella. Porque mi impresión es que, a pesar de no aludir a conceptos estético-narrativos, cuando un crítico o crítica valora positiva o negativamente un material, está percibiendo que la voz del narrador o la mirada del director no son adecuadas, que los personajes están mal construidos, y que el tiempo y el espacio narrativos están mal elaborados.

Pero sería necesario que ese crítico, comentarista o analista supiera desbrozar y ejercer de verdadero forense de ese material que está valorando.

La prueba del algodón

Cuando en las escuelas de cine, a los futuros narradores audiovisuales les insisten en que el montaje es un elemento fundamental, y que la inevitable unión entre las pequeñas partes filmadas (planos, contraplanos, secuencias), como un gran puzzle al que dar forma, ante todo ha de ser fluido y poseer coherencia dramática y narrativa, siendo imprescindible entenderlo como una unión de tuberías en las que no puede juntarse una ancha y de poca intensidad, con una estrecha y de mucha intensidad (espero se entienda aquí la metáfora), en realidad a lo que están aludiendo es a la lógica interna de los personajes dentro de la secuencia, a su coherencia y solidez como caracteres vivos dentro de una segunda realidad, con su espacio-tiempo narrativo, de ahí que se llame “secuencia”…

Cuando algunos insistimos en un elemento tan importante como el tono, tanto en novela como en cine o en series, en la dificultad que resulta a la hora de mantenerlo durante toda la novela (o todo el relato) para el escritor, o durante toda la película (no digamos durante toda la serie…), a los cineastas, es porque cuando el tono se pierde puede dar al traste con un buen trabajo de prosa o de puesta en escena, y la clave para notar que el tono se está perdiendo son los personajes, que son los que, en última instancia, interactuando en su espacio-tiempo narrativo y con la voz del narrador, se benefician o se ven perjudicados por ese tono irregular. Y lo mismo pasa con el ritmo interno de las secuencias o de los capítulos. Todo eso son valores estético-narrativos que emanan del personaje, o que deberían emanar de él.

Porque el personaje, en narrativa, es la prueba del algodón. Su profundidad, su contundencia, su belleza y hermosura últimas (o la carencia de todas ellas), es la que hace elevarse la película o la novela. Pueden existir piezas narrativas de muy diversa índole sólo con la voz del narrador o con la mirada de un cineasta (documentales, reportajes, análisis, memorias…), pueden y de hecho existen artefactos con tiempos y espacios narrativos (por ejemplo los videojuegos), pero no existen películas o novelas sin personajes. Son ellos los que definen la materia novelística y la materia cinematográfica de ficción, y son ellos los que además se erigen como reflejo nítido de la grandeza o la mediocridad del escritor o el director: ¿qué tipo de personajes salen de la pluma de Juan Gómez-Jurado, Arturo Pérez-Reverte o de la cámara de Ridley Scott? ¿Y qué tipo de personajes surgen de la imaginación de Orson Welles, Robert Bresson, Thomas Mann o William Faulkner?

En el formidable episodio especial de ‘Euphoria’ dedicado a Jules y estrenado hace pocas semanas, el episodio por entero gira alrededor del tiempo y el espacio narrativos psicológicos de este personaje atormentado y arrollador, incluso desde el primer plano en el que observamos todo lo sucedido en la serie hasta ese momento reflejado en su pupila. Este episodio, y su director Sam Levinson, nos demuestra hasta dónde puede llegar la ficción a la hora de introducirse en la piel de un personaje, y la necesidad de que ese personaje no esté interpretado sino que esté totalmente vivo, que sea más verdadero y que posea más encarnadura que la gente “real”. Es una pieza estilizada hasta la abstracción, en la que racionalidad e ilusión se alternan y finalmente se funden, y que resulta deslumbrante por su montaje y su fotografía, todo ello al servicio de las intrincadas emociones y los dolorosos pensamientos de este carácter.

Cuando una serie “empieza a fallar” en su cuarta o quinta temporada (como le sucede a ‘Six Feet Under’, por cierto), y ya no parece tan sólida ni tan tóxica, es porque el tono se les ha ido a los creadores, y los personajes han perdido parte de su esencia. Pero cuando una serie como ‘The Sopranos’, ‘The Wire’, o ‘The Walking Dead’ jamás se aleja de la verdad de sus personajes, y por tanto no pierde el tono de aquello que estaba contando, el espectador lo nota y el crítico también, y es el segundo el que debe dejar constancia de ello en sus valoraciones, algo que nunca hace, limitándose a señalar que la “serie sigue funcionando a gran altura” o cosas por el estilo, expresándose igual que un espectador privilegiado.

Cuando críticos literarios, por otra parte, tratan de explicar un suceso literario aplicando tecnicismos y términos muy elitistas, pierden también el objetivo de su trabajo, a mi parecer, pues lo que hacen es teoría literaria, no crítica. De la teoría emana la crítica, y de la crítica la capacidad de influir y de hacer reflexionar al lector de ellas, y no al revés, como parece que algunos quieren hacer. Al lector de una crítica hay que hablar de cuestiones materiales, de lo que se conjuga en la obra literaria, de los valores narrativos y estéticos que en ella se encuentran o que faltan, no de cuestiones técnicas o históricas. Eso cuando no aluden casi exclusivamente a la historia que allí se cuenta, tal como hacen sus colegas los críticos cinematográficos, como si se pudiese valorar la “calidad” de una historia, y no el modo en que esa historia se ha convertido en literatura narrativa o en cine. De cómo se ha convertido, en una palabra, en ficción.

V Ejemplo literario

Voy a cerrar este ciclo de los fundamentos críticos, que es posible que en un futuro alargue con más capítulos, poniendo ahora un ejemplo literario para que el lector pueda apreciar cómo empleo los referidos fundamentos a la hora de valorar dos obras literarias muy dispares, y de extraer de ellas sus virtudes y/o defectos.

Recordemos, antes que nada, que los elementos narrativos fundamentales son tres: narrador, personajes, espacio y tiempo narrativos, a los que se puede añadir otros no tan importantes pero también esenciales para construir esa obra narrativa, ya sea cinematográfica o literaria. En el caso de lo literario, obviamente, es imposible no referirse a cuestiones tales como la prosa, los diálogos, la construcción dramática, la concepción del ser humano y del mundo, sus esquemas genéricos y bastantes cosas más que saldrán ahora que voy a comentar dos novelas: ‘Meridiano de sangre’ de Cormac McCarthy, y ‘Sidi’ de Arturo Pérez-Reverte.

“Alguien tumbó al viejo de un mazazo y los jinetes picaron espuelas y enfilaron el campamento detrás de los perros blandiendo sus porras y los perros aullando como en un cuadro de una cacería infernal, diecinueve partisanos lanzados sobre la acampada en donde dormían más de un millar de almas”
“Desmontó ante la puerta. El explorador que estaba a caballo tenía el rostro grave ,y el que había entrado en el recinto mostraba demudado el color, con restos de vómito fresco en la barba. Se llamaba Galín Barbués y era un aragonés joven, tranquilo y fiable, de los que no se alteraban con facilidad. Estirpe almogávar. Se les había unido en el puente del Arlanzón, sabedor del destierro de Ruy-Díaz, dejando atrás algún incidente del que no le apetecía conversar. Y no era el único. Hombres con asuntos oscuros a la espalda había varios en la tropa. –¿Malo? –le pregunto Ruy-Díaz. –Peor”

Vaya por delante que estoy de acuerdo con Jesús G. Maestro cuando afirma que la literatura española es la más poderosa y original del mundo, pero en este caso he elegido dos novelas, una estadounidense y otra española, y me voy a decantar ampliamente por la estaodounidense muy a mi pesar. Son dos novelas que comparten algunas características temáticas o conceptuales, aunque sea de manera tangencial, y que por tanto me vienen muy bien para intentar explicar cómo me enfrento (y por tanto cómo creo que otros deberían enfrentarse) a una crítica literaria.

El libro de Pérez-Reverte, según reza en su entrada de la Casa del Libro (que a fin de cuentas son los mismos que le publican…), ha sido elegido por la crítica (también por los lectores, pero eso aquí nos importa poco) el mejor de 2019, nada menos. Tampoco especifican si de España o del mundo entero. Sea como fuere ha sido un gran éxito de ventas y ha significado otro triunfo más para su autor pues ha vuelto a convencer a la crítica patria de su altura como escritor y de sus armas a la hora de ponerse con un proyecto histórico y con un personaje tan mítico como El Cid. En ella se nos narra, en primer término, una larga persecución por parte de los hombres de Ruy-Díaz a una partida de moros que, por lo visto, están arrasando con todo a su paso, para terminar entrando, El Cid, al servicio del musulmán rey de Zaragoza. Es por tanto, o quiere ser, novela de aventuras y novela histórica, con personajes y situaciones reales, mucha adrenalina, combates y tensión.

La novela de Cormac McCarthy, ‘Blood Meridian’, no es muy conocida en España, al menos de momento. Se publicó en 1985 y los especialistas (entre ellos Harold Bloom, que la consideraba una de las mejores del siglo XX), la mayoría de ellos, se han rendido ante su magnificencia, pero otros, entre ellos muchos lectores, la han repudiado o bien por su extrema violencia y salvajismo, o bien por su dificultad lectora y conceptual. Narra unos hechos reales, los acaecidos en 1849-1850 en Nuevo Méjico, perpetrados por la infame banda Glanton, un grupo de mercenarios contratados por el gobierno de Chihuahua para traerles cabelleras de indios a cien dólares la pieza. A través de la mirada del chaval, de quien no conoceremos ni su nombre, seremos testigos de algunos de los actos más atroces que imaginar quepa, en una larga travesía por el desierto, un meridiano de sangre, un retablo de posos demoníacos. Es por tanto un western de aventuras, una novela con trazas de historia, y un relato casi metafísico.

La pregunta es obligada: ¿por qué pienso que la novela de Arturo Pérez-Reverte es una inanidad presuntuosa y grandilocuente, un relato pobre de recursos y torpe en su ejecución, un ejemplo de novela inflada por el marketing sin literatura dentro, mientras que por el contrario ‘Meridiano de sangre’ es una obra maestra literaria excelsa? Vamos a verlo.

En primer lugar, como siempre, el para qué. Un por qué que es un para qué. ¿Por qué cada uno de estos autores decide hacer este libro y no otro? En el caso de Pérez-Reverte, su decisión consiste en sentar cátedra, en dar su visión de un personaje mítico, ponerle su propia voz. ¿Lo logra? Ni por asomo. Sidi, en sus manos, suena igual que Alatriste o que Falcó, o que el mismo Reverte cuando da una entrevista por la tele o la radio. Quiere, también, dar su propia visión sobre la historia de este mito, del Cid, con originalidad y para las nuevas generaciones. ¿Lo logra? En ningún momento, por lo anteriormente dicho y porque no posee aliento épico, ni una mirada humanista sobre la historia, ni una capacidad real de que entremos en ese mito por otra puerta a las ya conocidas. ¿Y McCarthy? ¿Qué pretende? Pretende desmitificar el western, para empezar, pero no como ya hiciera Peckinpah, sino mucho más allá. Con ‘Meridiano de sangre’ accedemos por fin a lo que de verdad pudo ser aquello. Quiere, también, proponernos un viaje infernal, en el límite de lo soportable, una experiencia sensorial y emocional extrema. ¿Lo consigue? Rotundamente sí, gracias a un cariz místico-sensorial de su voz de narrador, y a una capacidad pasmosa para lograr un extrañamiento en el espectador que a su vez le haga creer esa ficción como una realidad.

La prosa que emplea McCarthy es sublime. De hecho, en ninguna otra de sus novelas ha alcanzado esta excelencia. Con un lenguaje que es una mezcla perfecta entre lo arcaico y lo moderno, con una narrativa más cercana a la epopeya que a la novela, resulta en todo momento subyugante, fascinante e hipnótica. ¿Y la de Reverte? En su línea: de oficinista, desganada, convencional, con algunos ramalazos algo más líricos, o que por lo menos lo intentan, pero un conjunto en el que no novela, si no que más bien relata. ¿Y sus personajes? Salvo el Cid, ninguno de ellos tiene especial relevancia o trabajo, ni en sus diálogos (pues todos suenan igual, incluso los del rey de Zaragoza?, ni en su dibujo. Y tampoco el propio Sidi es un personaje notable. Reverte presupone que lo es por ser quien es, pero en su pluma queda desdibujado, opaco, sin fuerza. ¿Cómo son los de McCarthy? Todos, sin excepción, sencillamente arrolladores, empezando por el mefistofélico juez Holden, que es lo más parecido al mal absoluto, con algunos de los diálogos más deslumbrantes y aterradores en muchas décadas de literatura, y por supuesto el jefe John Joel Glanton, esa máquina de matar impávida y despiadada, y por supuesto “el chaval” (que luego será “el hombre”), que en realidad es un reflejo del mismo lector, de cada uno de nosotros individualmente. Sin olvidarnos de Toadvine, John Jackson, David Brown, el capitán White… todos ellos personajes perfectamente definidos y con una forma de hablar completamente diferenciada.

¿Y los tiempos y el espacio narrativos? Reverte no consigue que la Hispania de aquel tiempo resulte especialmente interesante, sin más. Algún momento un poco más inspirado, pero en esos espacios narrativos no hay muchos tiempos narrativos, porque Reverte es incapaz de entrar en sus personajes, y por lo tanto no puede saber, ni hacernos saber, cómo discurre el tiempo, los pensamientos y emociones, la experiencia personal de cada secuencia… Algo que sí consigue McCarthy con creces porque… ¡toda la novela son tiempos narrativos! Los del chaval para ser más concretos. Es su mirada, su pálpito interior, lo que percibimos en cada página, en cada capítulo.

Cuando los críticos se quedan maravillados con ‘Sidi’… ¿qué razones o elementos les inducen a esa maravilla? Aluden mucho a la investigación histórica del autor, lo cual es un hecho. Pero… elementos estético-narrativos, novelísticos, ninguno que yo sepa. Sucede como cuando comparé ‘Alien’ y ‘The Thing’, que la mayoría elige ‘Alien’ por cuestiones tales como la escenografía, o el empaque más superficial. Aquí sucede igual, pero la comparación es mucho más sangrante. ‘Sidi’ es una novelita apta para lectores poco exigentes, que nada aporta y que no alberga ningún tipo de verdadera literatura. Sin embargo, ‘Meridiano de sangre’ es una excepcional obra maestra, una joya que quien se la lee no la olvida jamás, y cuya altura estética sólo crece a medida que pasan los años, sobre todo teniendo el cuenta el solar en el que ahora mismo nos encontramos.

Espero haber desarrollado correctamente mis argumentos y que el lector haya podido extraer algo de ellos.

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